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Un serbio con calle

Ivan Radojević llegó a Lima el 2007 interesado en la ola de violencia que nos devastó del 80 al 2000. Junto a su familia, había logrado sobrevivir a un terror similar que dividió su patria. Su estancia estaba planeada solo para tres meses, pero le fue tan agradable que a los dos años se casó con una peruana. Pero Ivan también es músico, y en su exploración logró realizar una mezcla novedosa para las noches limeñas: fusionó la cumbia psicodélica y las trompetas patronales con el folclor de los Balcanes. Así, intenta adaptarse al monstruo de nueve mil cabezas, esta ciudad tres veces más grande que su país al que añora en sus sueños.


Ivan Radojević, periodista y DJ serbio establecido en Lima, tocando en una discoteca de Barranco. (Foto: NOISE)

Cuando le dijeron que bailaban su balkancumbia afuera del local, estaba convencido que era una broma. Eran más de las doce de la noche en una peña de Barranco, en la que se improvisó una efímera discoteca, y el DJ serbio Ivan Radojević había lanzado su experimento musical: una mezcla de los ritmos peruanos con los balcánicos; el ritmo latino con el gitano; el popular con lo urbano; el dub y reggae con la guitarra eléctrica cumbiera; las trompetas patronales andinas con las de los Balcanes; a Los Diablos Rojos, Los Mirlos y Los Destellos con Goran Bregović, Gogol Bordello y Shantel.


- Quién va a escuchar esta música, no seas loco – se decía Ivan a sí mismo, pesimista, cuando el local, la Peña Poggi, aún lucía vacío.


Todo comenzó la noche del sábado 29 de setiembre del 2012. El evento en Facebook, creado tres semanas antes, llamó la atención de algo más de 300 personas que acudirían a la cita. El espectáculo prometía “acrobacias aéreas, malabarismo luminoso pirómano y trombones”. Al final, la asistencia resultó ser lo de menos, pues entusiastas comentarios aparecieron en la invitación virtual días después de la fiesta: lluvia de felicitaciones al DJ, solicitudes del 'tracklist' de la noche y que el espectáculo se vuelva a repetir. Durante aquellos días un puente musical unió dos regiones muy lejanas. Ivan aún seguía sorprendido.


- Yo también quiero hacer algo mío, algo original. Música de Balcanes está muy rica, tiene esa potencia como mariachi, mucha trompeta, como grandes orquestas. Estas bandas patronales de Ayacucho es muy similar a estas bandas de Serbia – observa Ivan.


Profesionales del viento y Andrea, bailarina de bellydance y tribal fusion. (Foto: La Balkánica Patronal / Facebook)

La historia de Ivan en Lima se remonta siete años atrás. Llegó como periodista para investigar por treinta días el conflicto armado que azotó a un país andino gracias a la propuesta que le hizo una ONG de Belgrado. Le había llamado la atención porque era una historia que la comparaba con la desgracia que había desmembrado a su país. Era el 2007 y ya había pasado un año de la separación de Serbia y Montenegro, el último rezago de lo que quedó de Yugoslavia, una federación socialista de seis países que se disolvió tras una serie de brutales guerras que dejaron miles muertos.


- Fue un país grande. En ese tiempo no fue importante quién era bosnio, serbio, croata. Vivimos tranquilos. Teníamos plata, un pasaporte con el que podíamos entrar a Estados Unidos – dice Ivan con nostalgia. A pesar de los años hablando castellano, aún confunde los tiempos y la lengua no le alcanza para pronunciar las dobles erres ni la ge. Su muletilla es un “sssíiii” largo, a pesar que luego la respuesta sea negativa. Es un dejo parecido al que conocemos de los rusos.


Supera el metro setenta y tiene la piel tan clara que resulta imposible no apreciar sus marcadas ojeras. Sus cejas son tan espesas que parecen pintadas con un plumón de pizarra. A sus treinta y tres años, en la frente amplia ya se aprecian sendas hacia su nuca, cubierta por un cabello castaño, liso, acomodado de izquierda a derecha. Durante estos días se ha dejado crecer un largo parche alma, esa peculiar chivita larga cuadrada entre el labio inferior y el mentón, como Frank Zappa.


INCURSIÓN AL CENTRO

Es miércoles santo en el Centro de Lima, faltan minutos para las once de la noche y la fiesta aún está tela. Es la primera vez que Ivan sale de Barranco para tocar en el centro de la ciudad.


- Pero en esa zona ya no hay espacio. No dejan mucho volumen – dice Ivan, mientras fuma un cigarro en la calle, mirando de un lado al otro en busca de gente que ingrese al local.


Estamos en la cuadra nueve de Camaná, en una típica casona colonial que por las mañanas funciona como restaurante. El piso está laminado con mayólica blanca. Luces láser azul marino, verde limón y roja rayan las paredes. Arriba, a unos pasos de la entrada, los corredores del segundo piso se unen en cuadrilátero y dejan apreciar el inmenso techo que pareciera no tener fin por su lúgubre apariencia añeja, además de la poca iluminación que ameritan eventos como estos. Telarañas de cañas flotan en él. Abajo, se sigue por un corredor en el que un par de señores venden choripanes.


​​Vista desde el segundo piso del Camaná 975.

Raúl, su mano derecha en la organización de estos eventos, es más joven que él. Lleva a Ivan a volantear unos “flyers” a los alrededores, por el cruce con Quilca, cerca del Queirolo.


Del tamaño de un boleto de rifa, las pequeñas invitaciones tienen un diseño profesional y fueron impresas en cartulina suave. El nombre de la fiesta, “SANTONAZO”, resalta en el centro con una letra chorreante, bañada de un rojo sangriento. Debajo, con botellas en mano, un simpático diablillo con short floreado y un bonachón viejito blanco y barbudo, abrazados alegremente, parecieran haberse puesto de acuerdo para que disfrutemos de un mundo mejor. Al lado izquierdo, los datos de la cita; al derecho, los auspiciadores. Convocatorias como estas destacan frente a los módicos afiches de diseño básico y carteles chicha fosforescentes que circulan por el Centro.


Los entregan a parejas o grupos de jóvenes, quienes conversan en la calle o toman y fuman en algunas mesas del histórico bar. Para Raúl, no es gente que suela pagar por este tipo de tonos que han organizado desde hace dos semanas. Esta zona, es de la cumbia, el rock y otros ritmos populares modernos. Pero en el local, el Camaná 975, tocarán tropical bass, electrónica, reggae, dub y otros ritmos urbanos.

Pero esta noche, la especialidad del serbio no será la reina de los controles. Ivan prefiere su experiencia, los ritmos que aprendió desde que incursionó en las radios de Belgrado. A pesar que al lugar aún luce vacío, no se muestra tan preocupado como Raúl. Para Ivan todavía es muy temprano. La noche friolenta de Lima le daría la razón más tarde.


Después de inhalar varios cigarrillos, Ivan le toma la posta a otro DJ, mucho más joven que él, quien se encargó de calentar los motores. Mueve cuidadosamente botones por aquí y por allá, entre los controles y su Mac, asintiendo la cabeza atrapada en unos inmensos audífonos, y se convierte en DJ Del Bosque.


AÑORANDO LA PATRIA


En Belgrado, a los bosnios les llaman “bosque” como burla, dice Ivan, una manera despectiva de denominar a la gente que proviene de los densos montes de Bosnia y Herzegovina. Ivan no es bosnio, pero su madre sí. Doña Mila es natal de la etnia serbia de ese país; se dedica a vender zapatos en la capital. Su padre, don Stanisha, ingeniero constructor, es serbio, nacido cerca de la frontera con Bosnia. A Ivan le incomodaba que lo llamaran así. Pero como las mofas no paraban lo único que le quedaba era apropiarse de aquella chapa y seguir con su vida.


Ivan nació en Obrenovac, una pequeña ciudad a 30 kilómetros al oeste de Belgrado cerca del río Sava, un afluente de legendario Danubio. Recuerda que en el Sava practicaba kayak y pescaba con Milan, su único hermano, tres años menor que él.


- Es un lugar muy lindo, muy tranquilo. Puedes dejar las puertas abiertas y regresar cinco días y no ha pasado nada. Pero es un lugar muy viejo. Aquí tenía también gente chévere, todo tranqui, todos se conocían –recuerda orgulloso de su pueblo. Pero de un momento a otro se fastidia –… ya no podía más, porque todo es chiquito y todos se conocen y todo se conoce y hay historias estúpidas y no hay nada nuevo. Nada pasa.


En la tercera semana de mayo pasado, el Sava, que también recorre Eslovenia, Croacia y Serbia, se desbordó. Su pequeña ciudad fue noticia mundial. Según informaciones de la prensa, el 90% de Obrenovac resultó inundada. Catorce personas murieron ahogadas. Durante estos días, el Facebook de Ivan era incomprensible para quienes no hablábamos su idioma: compartía noticias, fotos y campañas en serbio latino y cirílico. Todos los días. A cada momento. Nunca contestó los mensajes cuando le pregunté cómo iba todo. Quizá su familia también había sido afectada.


Obrenovac, la ciudad natal de Ivan, sufrió una inundación por el desborde del río Sava en mayo del 2014

(Foto: Ministerio de Construcción, Transporte e Infraestructura de Serbia )

En aquellos años del socialismo, muchas familias, como la de él, disfrutaban del apogeo del país. Por eso es seguidor de Josip Broz Tito, el precursor de esta ideología en la federación que no se alineó al occidente europeo ni al régimen soviético, pero que a la vez los tenía como aliados. Tito fue presidente durante 23 años y logró que las etnias que formaban parte de este país vivieran sin conflictos entre sí: serbios, croatas, bosnios, eslovenos, montenegrinos y macedonios. Para Ivan, Tito, quien murió un año antes que él naciera, creó un país en el que se podía vivir tranquilo, y nadie, a pesar del autoritarismo del Mariscal, le hará cambiar de idea.


Ivan añora aquellos años porque dice que no tenían mucho pero también de todo. Siempre había para unas cervezas hasta las dos o tres de la mañana con los amigos. Para vivir sin problemas, el punto estaba en juntarse con buenos amigos, con guente que tenga algo que darte, de la que se pueda aprender. Solo recuerda un único inconveniente a los 17 años, mientras jugaba fútbol: una piedra enfurecida salió disparada de las gradas y le sangró la cabeza. El partido se paralizó. Al final le hicieron unos cinco puntos. Aún conserva la cicatriz en la nuca, un pequeño gusano enredado en su melena castaña.


También recuerda regresar a casa de aquellas largas reuniones nocturnas, con el pan calientito, recién horneado. Los panes del desayuno de allá son inmensos, como unos baguette grandes y gruesos. Al recordarlos, un Ivan exaltado recuerda su gastronomía.


- He soñado con mi comida. La extraño más que mi familia, creo –ríe, pero luego se arrepiente. Piensa un rato. Inclina la cabeza hacia atrás con la lengua afuera y pareciera hacer gárgaras. Como Homero Simpson. Recuerda que no cenó– El burek es todo para mí. Pucha, tengo hambre, mierda.


Uno de los bombardeos de las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) contra Serbia. (Foto: AP / Wide World)

IVAN, EL PERIODISTA

Ivan ya se había cansado de hacer siempre lo mismo. Tocar en varias radios de Belgrado le encantaba pero no podía sobrevivir de ello. Además, tampoco podía huir de las desgracias de su país: la guerra.


- Me acuerdo que en el 99 fue unbombarding de parte de OTAN por el problema de Kosovo –recuerda, pensando y hablando en tres idiomas– En ese momento para la guente fue peor momento de la vida, destruido de casas, ciudades que no tienen que ver con la guerra ni con Kosovo ni con Milosevic. Fue una locura.



Slobodan Milosevic fue un dictador para muchos exyugoslavos. Durante la existencia de la federación, Milosevic fue el último presidente de la República Socialista de Serbia, del 89 al 97 y, luego, de la República Federal de Yugoslavia (la que solo estaba compuesta por Serbia y Montenegro) hasta el 2000. A mediados de los años noventa, Eslovenia, Croacia, Macedonia y Bosnia buscaron su independencia por una única razón: el nacionalismo serbio que Milosevic despertaba y se replicaba rápidamente como un circuito de dominó. Con este fanatismo comenzó la desgracia: diez años de guerra que desintegró el país con un saldo de casi 140 mil muertos.


- Teníamos a este Milosevic que fue realmente dictador, que logró varias secesiones. En este momento ya estaba comenzando esta parte ética de mi vida. Años 1999 y 2000 me entré a una organización llamada OTPOR, que significa ¡Resistencia! Formé parte de este movimiento que tenía solo un plan para caer de Milosevic, de su poder. Y sí, esto logramos, el 2000 october cinco, después de elecciones, donde otra vez fue robando y unos 200 mil personas fue dentro del Parlamento. Después entramos en televizija nacional.


Para él, participar en OTPOR era suficiente. Cuando Milosevic cayó, muchos de sus amigos incursionaron en la política. A él no le iba a eso. Solo le gustaba ser activista y hasta ahí nomás. Esta participación en la política, pero desde afuera, le convenció de estudiar periodismo.


Terminó la carrera en tres años en la Universidad de Novi Pazar, al sur de Belgrado. Durante sus estudios, trabajó en varios medios impresos, como el Evropa y el 24 Sata. Junto a unos amigos, crearon el portal e-novine.com (novine en español es periódico).


Fue cuando acabó la carrera y lo convocaron para venir a Lima. Aquel mismo año conoció a Vanessa, una limeña con quien viajó a Belgrado el siguiente y tras convivir por dos, se casaron. Para la familia de Ivan fue una total sorpresa. El 2009 regresaron a Lima, a vivir en la casa de ella en La Victoria, y desde aquel día nunca más regresó a su país.


- Estamos aquí porque para ella no hay mucho trabajo allá. Los peruanos mucho extrañan su comida. Ella no aguantó. Es muy fuerte el invierno, baja la temperatura a -5°. Por ella estoy acá.

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